Si tu casa es un barco… el jardín es el océano

A Luna la conocí en una isla de Panamá, Bocas del toro. Lugar donde las dos vivíamos. Es Argentina, tiene una sonrisa gigante. Siempre fue muy soñadora, alegre y optimista. Algo mágica. Fue una de las primeras personas que me llevaron a surfear y compartimos mucho tiempo aprendiendo en el agua juntas. A las dos nos gustaba el mar y su libertad. Pero ella siempre lo disfrutó desde otro lado: la superficie.

Le gustaba navegar. Cuando nos conocimos estaba ayudando a un amigo a construir un barco. En nuestros encuentros ella me hablo de Erick: Un californiano que había conocido en el mismo lugar, meses atrás. Él vivía en The beloved Stranger: un velero de 37 pies.

Llegó a la isla navegando desde California junto con 7 amigos y dos gatos. Había zarpado en San francisco para dirigirse hacia la costa del pacífico. Recorrió Centro América y cruzó el canal de Panamá hasta llegar a Bocas. Se cruzaron en la noche de año nuevo. Erick fue al restaurante donde ella trabajaba, Luna le llevó el postre y desde ahí empezaron a pasar tiempo juntos.

Ella aprendió a navegar con él y anduvieron de isla en isla, con el velero, recorriendo el Archipiélago Bocatoreño. Al principio le dio miedo, porque había mucho viento y el velero se inclinaba, pero cuando lo logró la sensación fue
tan linda que ¨Valió la pena pasarla para disfrutarlo¨.

Después de tres meses de pasear en velero por el mar Caribe de Panamá, ella, con sus 20 años, tuvo que volver a Buenos Aires para empezar a estudiar. Y él siguió con su viaje por alta mar hacia Providencia, las islas Colombianas. Se separaron durante un año, sin embargo nunca perdieron el contacto.

En Argentina, Luna se dio cuenta que la carrera no le gustaba y regresó a Panamá a buscar algo que la hiciera más feliz. Durante el tiempo que estuvieron alejados hablaron una vez por mes hasta que un día decidieron reencontrarse. Él no tenía dinero para visitarla, entonces ella aplicó a la visa de Estados Unidos pero se la negaron.

No se dieron por vencidos y el punto de encuentro pasó a ser Tijuana, la frontera entre California y México. El plan era postularse para la visa por segunda vez y vivir en el auto hasta que les dieran el turno en la embajada. Con la visa podrían irse a California donde vivirían en el velero y Erick podría trabajar.

Cuando se reencontraron, fue como si se hubieran visto ayer. Los sentimientos estaban intactos. Él la paso a buscar con el auto bien preparado: Había una caja repleta de panes, semillas y frutas, una cocina para camping, un colchón inflable, un skate y una tabla de surf.

Sea Rover

Estacionaron el auto en la playa y esperaron durante 18 días hasta que finalmente los citaron y les dieron la visa. Su felicidad era enorme, cruzaron en auto la frontera y llegaron a California. El velero se convirtio en su nueva casa y Luna conoció a la familia de Erick. Dos meses más tarde se casaron en ASHBY SHOAL, una porción de tierra que aparece una vez al año cuando la marea baja, en la bahía de San Francisco. Es conocida como una atracción para los amantes de la náutica. Los invitados fueron en barco hasta el casamiento, hubo quienes llegaronhaciendo kayac y windsurf. Hoy Luna tiene 23 años y viven juntos en el “Sea Rover”, un velero de madera, de 31 pies anclado en la Bahía de San Francisco.

sea rover - keeponmoving

Durante la semana le dedican unas 7 hs por día de trabajo al barco y los fines de semana salen al mar. “Todo lo que le das al velero lo recibís cuando vas a navegar”, dice ella. Sueñan con seguir navegando por el mundo y para su próximo viaje planean aventurarse hacia al sur, llegar hasta Baja california México, pasar por el mar de Cortez y cruzar el pacífico para terminar Hawaii: “Queremos ser más independientes de la tierra. Superar todos los miedos y estar a salvo viajando y viviendo en el velero”.

Podés seguir sus historias en:  www.sailingsearover.wordpress.com – Insta @sv.searover – Fb/svsearover                                                                                         

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