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Cosas que no sabías sobre el plástico

 

Desde Crouch estamos convencidos que la naturaleza es el mejor regalo. Viajamos para conocerla y queremos hacer lo posible para cuidarla. Para proteger hay que conocer, por esta razón, acá te compartimos información sobre el daño que hace el plástico a nuestro planeta, para que juntos repensemos nuestras decisiones de consumo:  

 

  • El plástico puede tardar hasta 100 años en degradarse. La “cualidad” de ser duradero que tanto caracteriza al plástico es un arma de doble filo. Permanece en el tiempo.
  • Más del 80% del plástico que está en el océano proviene de la tierra. Aunque no vivas cerca del mar, es probable que tu basura llegue al mar.
  • Más de 8 millones de toneladas de plástico son tiradas en el océano cada año.
  • El 90% de las aves marinas tienen plástico en su estómago
  • 1 de cada 3 especies de los mamíferos marinos han quedado enredados en plástico
  • Las aguas azules de nuestro mar están cubiertas por microplásticos. Estos son partículas pequeñas de plásticos que alguna vez usamos y no desaparecieron del planeta. El río, el viento, las fábricas y nosotros hicimos que terminen en el mar.Los microplásticos casi no se ven pero afectan la salud de cada ecosistema del mundo. Se encuentran tan incorporados en el océano que intervienen en la cadena alimenticia.
  • Si nuestro consumo continúa igual se supone que para el 2050 la producción de plástico se triplicará..

¿La buena noticia? El mundo está despertando y todavía podemos cambiar esto. Es posible reducir el consumo del plástico empezando por nosotros mismos, con pequeñas acciones podemos hacer grandes cambios. Dejar de usar plásticos innecesarios es el primer paso para lograr esto. Esto es dejar de usar bolsas plásticas, pajitas/popotes, cubiertos plásticos, y plásticos descartables. También podemos rehusar, es decir, usar plásticos que ya existen y fueron utilizados para no consumir nuevos y reducir la compra de estos productos. Además, podemos reciclar y crear cosas nuevas con el plástico que ya está en el planeta.

 

¡Sumate a ser parte del cambio!

 

Crouch #PlanetLovers  #RethinkPlastic #WeLoveNature

¡Saltá, ahí está! grito el capitán.

¡Saltá, ahí está! grito el capitán. Me asome a la punta del barco y me encontré con el tiburón ballena. Era más grande que el navío que nos llevaba. Observé su lomo azul con manchas claritas y oí el chorro de agua mientras respiraba. Sin pensarlo cerré los ojos y nade con él. Todo sucedió en un segundo pero lo recuerdo en cámara lenta. Ese día el mar me abrazó fuerte y supe que no iba a soltarlo nunca más.

Tenía 21 años cuando decidí que quería viajar, había terminado la carrera de Comunicación Social y quería irme unos meses. Para ahorrar, empecé a trabajar en marketing de moda en Capital Federal. Realizaba videos de campaña, redes sociales y acciones de publicidad para marcas premium. Un mundo que hoy parece muy lejano desde mi nueva oficina: el mar.

Pasó un año, reuní el dinero y con mucho cariño me despedí de mis compañeros de trabajo. No me fui enojada. Cargaba con la mochila de una relación anterior de 5 años en la que sentía que había regalado mucho mi tiempo y ahora necesitaba enfocarme en mis cosas. Encontrarme. Además, tenía un novio nuevo al que le prometí que volvería después de 6 meses y nunca lo volví a ver.

El plan de viajar únicamente por unos meses venía de que yo solamente había ido a Uruguay, no conocía ningún otro lugar del mapa y no sabía si iba a extrañar. Australia fue el primer destino. La razón de la elección fue que estaba rodeado de agua y quería vivir cerca del mar. Mi idea inicial era ir sola pero a último momento, mi mejor amiga decidió sumarse unos meses y yo me puse feliz. Me enamoré del país apenas llegué, de su gente y su cultura. La segunda semana le dije a mi familia que iba a quedarme todo el año. Trabajé de todo: heladera, mucama, kioskera, niñera y hasta en una fábrica empaquetando comida.

Todavía no había buceado pero sentía la conexión con el océano. Ibamos con mis amigas a escribir frente del mar, nadar y hacer snorkel. Mi primer encuentro cara a cara fue en Asia. A mitad del viaje por Australia decidimos ahorrar con las chicas y nos fuimos a recorrer el sudeste Asiático. En Tailandia hice mi primer buceo. Sin entender mucho de qué se trataba, decidí separarme de mis amigas y quedarme en la isla de Koh Tao para sacar mi licencia de Open Water – es lo que te habilita a ser buzo independiente en cualquier lugar del mundo- Para esto tuve que modificar un poco mis planes porque no me alcanzaba el dinero. Después de Tailandia recorrí Vietnam, Camboya e Indonesia, en todos ellos mi mente continuaba bajo el mar. En Indonesia lo sentí de manera muy fuerte. Siempre iba a hacer free diving y nadar con las tortugas.

Cuando regresamos a Australia tuve un mes en el que estuve sin mar. Me fui a trabajar de vendedora de sabanas a la ciudad de Brisbane, el motivo era poder ahorrar y comprarme el boleto de vuelta a casa. Ese mes sentí la necesidad de agua más que nunca. Tenía un día libre y me tomaba el tren que era carísimo solo para ver un poco de azul. Quería realizar los cursos de buceo que me faltaban para poder trabajar en el agua. Me la pasé googleando hasta las 5 am posibles lugares para hacerlo y apliqué por internet a un trabajo en México donde me ofrecían alojamiento y comida a cambio de mis cursos. Después de un par de entrevistas por skype me aceptaron. Me quedaban tres meses de visa Australiana y el plan fue ahorrar para poder ir. Cumplí con el objetivo. Volví a Argentina después de un año, visité a mi familia y tuve que darle la noticia a mis amigas que en dos meses me iba de nuevo, esta vez al caribe.

En México perfeccioné mis técnicas y tuve acceso a buceos que de otra forma jamás hubiese podido pagar. Buceé en Cenotes, realicé mi primera inmersión nocturna y el primer buceo profundo a 35 metros. Tuve la suerte de ser guía de tiburones ballena, una experiencia que cambió mi visión del mundo para siempre. Sentirme tan chiquitita al lado de un animal tan grande hizo que entienda y admire la fuerza de la naturaleza: ella es quien manda y nosotros somos solo un puntito más de su reino.

En Cozumel vi mi primer tiburón y me enamoré. Era un nodriza de dos metros. Me pareció elegante ver sus branquias respirar y amé sus aletas puntiagudas. Me dio curiosidad y me acerqué enseguida. Confirmé que siento una atracción gigante por la vida marina. Después de dos meses y medio continué mi viaje por el mar del caribe y partí para el archipiélago Bocas del Toro, Panamá. Allí aprendí a ser guía de buceo y tuve mi primer trabajo pago como Dive Master. En Bocas aprendí mucho sobre el trato de los clientes, los miedos de las personas a la hora de sumergirse, cómo prevenir y solucionar posibles problemas, etc.

Mi trabajo se convirtió en mi familia. Después de 10 meses en la isla volví nuevamente a Buenos Aires. Intenté quedarme pero me llevó un sueño: conocer Hawaii. Era una fantasía que tenía desde chica y decidí cumplirla. La mejor experiencia hawaiana fue un buceo en la isla de Molokini, un cráter que se encuentra en Maui. La familia Argentina-hawaiana para la que trabajaba de niñera me contacto con un amigo de ellos, fotógrafo de National Geographic y me regalaron un buceo allí. Había miles de peces, de tantos colores y distintas especies que parecía como nadar en una bolsa de skittles.

Hoy me encuentro en Bocas del Toro, de nuevo, trabajando como buza y fotógrafa bajo el agua. Además de hacer este blog, escribo notas sobre el océano en el medio digital sustentable La Bioguía. Ya pasaron 3 años desde mi viaje a Australia. Desde ese primer buceo el mar se convirtió en mi brújula. Viajo para buscarlo, viajo para encontrarme.

Nota por Martina Álvarez – Gracias por leerme! Podés seguir mis historias en @martinaalvarezmar y www.facebook.com/almarvoy ❤